#Reflejos

REFLEJOS por Alba Maria Vázquez Juliá.

 

Alba Maria Vázquez Juliá, es una joven Benidormí de 17 años, a quien le apasiona la literatura. Desde bien pequeña ha escrito varios relatos que ha guardado en el cajón de su cómoda. Pero un día, motivada por su profesora de castellano, quien ojeó sus escritos, se lanzo a buscar concursos literarios por internet. Encontró uno en concreto “Jaume I El Conquistador”, organizado por una asociación Salou Calami que fomenta el hábito de la lectura y la creación literaria. Alba se lanzó sin pensarlo y se inscribió a este concurso de temática libre, donde muchos jóvenes de España y otros países también se habían apuntado. Y si, cuando le notificaron que era la ganadora del concurso, Alba se sintió muy satisfecha y nosotros también, por eso os invitamos a leer su relato y a animaros a participar a crear literatura.

 REFLEJOS

 La oscuridad inundaba todo aquella noche. Eran las 3 de la mañana y sinceramente no recordaba cómo había llegado hasta allí. Estaba tendida en medio de la nada sumergida en el agradable tactode la tierra húmeda bajo mis dedos, sintiendo pequeños escalofríos que me traspasaban como flechas.

 

   Miré durante largo rato a mi alrededor y conseguí vislumbrar las siluetas de unos inmensos árboles cuyas copas se unían formando una gran cúpula que no dejaba entrever mucho más de unas cuantas estrellas. Eran pequeñas motas fulgurantes que vestían aquel vasto vacío, tan delicadas que parecían estar posadas con la mayor delicadeza. Inconscientemente respiré pausadamente por miedo a romperlas y una sorprendente pero dulce fragancia acarició mis pulmones.

 

   Tras mucho meditar, decidí levantarme y explorar los lugares ocultoRes de aquel extraño bosque. Al erguirme, una densa niebla nubló mi vista, pero no me impidió seguir mi camino. Mis pasos eran dudosos y mis piernas temblaban, no sabía si era el frío o si era aún la conmoción de haber despertado allí.

 

   Todo lo que vi me dejó fascinada. Las luciérnagas, vivo reflejo de las estrellas, danzaban por entre la bruma al son de aquel armonioso silencio. Las flores descansaban azuladas por un gran lago que desprendía un mágico fulgor. Las hojas eran mecidas por una leve brisa que erizaba mi piel. Los búhos escrutaban las proximidades con sus grandes ojos castaños que flotaban en la oscuridad. Mil ojos y ninguno. Rayos de luna arropando la noche y sus criaturas; y yo, por un momento, me sentí parte de tal inhumana belleza.

 

   Las 4 de la mañana, el tiempo parecía suspendido. Sin señales de presencia humana mis ánimos caían en picado, obligándome a parar unos minutos (si es que de verdad discurrían). Pero en cuanto me senté, conseguí diferenciar a lo lejos una enorme mansión. Me levanté y comencé a correr esperando que aquello no fuese una alucinación, esperando que no se difuminara antes de poder acercarme. Llegué jadeando, maldiciéndome por el gran esfuerzo que había realizado para alcanzarla lo antes posible. Una enorme verja de hierro forjado bastante dañada y desgastada por el paso del tiempo presidía aquella morada. La contemplé por entre los barrotes y pude observar los frágiles balcones del segundo piso adornados por unas rejas y unas macetas completamente vacías. Los ladrillos rojizos de las paredes se dejaban entrever tímidamente por entre las enredaderas que emergían del suelo y engullían el primer piso casi por completo.

 

   Conseguí pasar al tétrico jardín que envolvía la casa, el cual estaba dividido por un sendero difuminado e irregular que conducía hasta la puerta. En aquel lugar, por primera vez en toda la noche, se apoderaron de mí la angustia, el temor y la incertidumbre. ¿Qué era ese sitio? Y lo más importante, ¿de verdad quería saber la respuesta? Estaba comenzando a dudar de si había sido buena idea entrar. Crucé todo el camino sin a penas respirar, con el miedo de alterar aquel silencio. Estatuas se erguían a medias, demacradas por el tiempo pasado. Sus rostros, llenos de dolor y tristeza, me observaban desde la penumbra y controlaban cada paso. Los árboles, famélicos, extendían, a mi parecer, sus frágiles ramas en mi dirección, provocando un paso más apresurado.

 

    Llegué a la puerta, la cual se abrió tras un leve roce de mis dedos contra la madera. La entrada de la casa estaba sumida en la oscuridad ligeramente atenuada por unas velas que se encontraban en la lámpara de araña situada sobre mí. El recibidor era amplio y bastante simple, dos puertas a cada lado y en frente unas escaleras de madera que llevaban al segundo piso. El suelo estaba cubierto por una alfombra incólume de color granate que se extendía hacia delante. Decidí dirigirme al piso de arriba, con cuidado de no hacer crujir los peldaños, cosa que no pasó y me sorprendió. Cuando llegué al segundo piso, una hilera de puertas cerradas se mostró ante mi, cada una idéntica a la anterior, no había señales de que alguien viviera allí desde hacía mucho.

 

   De repente una ráfaga de viento y la puerta del final del pasillo se abrió, arrastrando una cantidad incontable de hojas secas que se posó en el suelo y llegó hasta mis pies. La curiosidad me pudo y, aún estando aterrorizada, me dispuse a entrar en aquella habitación. Me encontré con una sala completamente vacía, abarrotada de la nada interrumpida solamente por un gran ventanal que permitía el paso de la tenue luz de la luna. Sus rayos emitían un ruido sordo al acariciar el polvo de los tablones bajo mis pies, acentuando aún más la simplicidad de aquella estancia.

 

   Escruté en busca de algún objeto o adorno y encontré un mueble cubierto por una manta en una de las esquinas. Me acerqué y descubrí que aquel mueble en realidad era un espejo cubierto de una capa de polvo que quité poco a poco. Los detalles del marco eran simples pero de una hermosura incomparable, pequeñas ilustraciones se posaban sobre la madera completamente definidas. Pero lo más impactante no fue eso, sino lo que vi reflejado en aquel espejo. O mejor dicho, lo que no vi. Mi imagen no estaba, solo oscuridad. Confusión. Desconcierto. Pulsaciones aceleradas. El eco de lo que un día fueron mis pulsaciones. Morfeo tendió sus redes sobre mis párpados, que cada vez eran más y más pesados. La habitación se teñía de manchas de sangre que emergían de las paredes. Un último instante. Una última imagen antes de golpearme la cabeza contra el suelo. Mi cuerpo muerto, inerte al otro lado de la sala.

Alba Maria Vázquez Juliá.

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